Bitácora micológica

Una alianza entre el hongo tibetano y la levadura de cerveza crea tejidos vivos

El micelio de Cordyceps militaris aporta la estructura de un textil vivo, mientras la levadura de cerveza produce colores y otros hongos añaden funciones como absorción ultravioleta.

El micelio de Cordyceps militaris aporta la estructura de un textil vivo, mientras la levadura de cerveza produce colores y otros hongos añaden funciones como absorción ultravioleta.

La moda basada en hongos suele hablar de materiales que imitan el cuero. Esta investigación propone algo más ambicioso: conservar parte de la actividad biológica del hongo después de convertirlo en una lámina flexible.

Un equipo de la Academia China de Ciencias desarrolló un textil vivo a partir del micelio de Cordyceps militaris, conocido popularmente como hongo tibetano. La estructura principal se combinó con levaduras y otros hongos para añadir color, patrones, hidrofobicidad y absorción de radiación ultravioleta (Li et al., 2026).

El estudio, publicado en Science Advances, presenta una plataforma de materiales vivos ingenierizados. En ella, los microorganismos no son solamente materia prima: también pueden responder al ambiente, volver a crecer en determinadas zonas y aportar funciones adicionales. La institución del equipo describe el sistema como una plataforma modular.

Una alianza con funciones repartidas

El interés de la propuesta está en la división de tareas. El micelio de Cordyceps militaris funciona como un chasis biológico: forma la red que da continuidad y flexibilidad a la lámina. La levadura de cerveza, Saccharomyces cerevisiae, actúa como módulo de coloración. Aspergillus niger aporta una capa rica en melanina que aumenta la absorción ultravioleta.

En sentido divulgativo puede hablarse de una alianza o una simbiosis diseñada. Sin embargo, el artículo científico describe sobre todo una plataforma modular de co-cultivo: no todos los microorganismos cumplen la misma función ni se trata necesariamente de una simbiosis natural.

Infografía sobre la distribución de funciones entre Cordyceps, levaduras y otros hongos en el textil vivo

Infografía: Setas de Siecha. La distribución de funciones resume el diseño modular descrito por Li et al. (2026).

El material se cultiva antes de convertirse en lámina

Los investigadores cultivaron Cordyceps militaris en un medio líquido hasta obtener pequeños agregados esféricos de micelio, llamados pellets. Estos agregados están formados por miles de hifas entrelazadas.

Después, los pellets se colocaron en moldes y se sometieron a un secado suave. Las redes de hifas de los agregados vecinos permanecieron conectadas y formaron superficies continuas sin una malla textil, un polímero sintético o un adhesivo externo.

El material inicial era frágil. Para hacerlo más flexible, el equipo utilizó glicerol como plastificante. Las láminas resultantes podían doblarse, retorcerse, cortarse y coserse. En una demostración mecánica, cuatro tiras entrelazadas soportaron aproximadamente un kilogramo.

Una superficie que puede volver a crecer

El procesamiento moderado permitió conservar parte de la viabilidad del micelio. Cuando las láminas recibían humedad y nutrientes, las hifas podían reanudar su crecimiento.

Los científicos aplicaron nutrientes en zonas concretas para inducir patrones de hifas aéreas. Así pudieron crear dibujos, logotipos y otras formas sobre la superficie del material.

Esa arquitectura microscópica también hizo que la superficie fuera fuertemente hidrofóbica. El ángulo de contacto con el agua se acercó a 145 grados, de modo que las gotas podían deslizarse y retirar parte de la suciedad. El resultado fue una función autolimpiable sin añadir un recubrimiento sintético.

La reparación no es completamente autónoma. Las aberturas pequeñas podían volver a conectarse con el crecimiento de las hifas. En daños mayores, los investigadores tuvieron que añadir pellets frescos y proporcionar condiciones de humedad y nutrientes. Por eso es más preciso hablar de reparación biológica controlada que de una tela que se arregla sola.

La levadura produce colores dentro del material

Para incorporar pigmentos, el equipo utilizó variantes modificadas de Saccharomyces cerevisiae. Las levaduras fueron diseñadas para adherirse a la quitina de las hifas y producir diferentes colores.

El sistema permitió obtener tonos azules, rojos, anaranjados y púrpuras sin recurrir a un proceso convencional de teñido. La estrategia separa la fabricación de la estructura y la incorporación de funciones: el micelio construye la lámina y los microorganismos asociados la personalizan.

El uso de Aspergillus niger añadió otra función. Sus hifas aéreas produjeron una capa rica en melanina que incrementó la absorción ultravioleta y aportó actividad antioxidante. Este resultado no equivale todavía a una prenda con protección solar certificada para la piel.

Un vestido de laboratorio, no una prenda comercial

Para demostrar que las láminas podían procesarse como componentes textiles, los investigadores fabricaron una prenda experimental con paneles de distintos colores y texturas.

El prototipo combinaba zonas coloreadas por levaduras, patrones inducidos por nutrientes y superficies cubiertas de hifas aéreas hidrofóbicas. Sin embargo, no se presentó como ropa lista para el uso diario.

Todavía faltan pruebas prolongadas de movimiento, contacto con la piel, transpirabilidad, resistencia al sudor, lavado repetido, desgaste y estabilidad ambiental. También será necesario controlar el comportamiento de los microorganismos modificados durante el almacenamiento y la utilización.

Biodegradable no significa automáticamente sostenible

Para estudiar el final de vida del material, el equipo fabricó un pequeño recipiente y lo enterró en suelo. La estructura se degradó casi por completo en aproximadamente 41 días.

Ese resultado es prometedor frente a muchas fibras sintéticas, pero no basta para afirmar que el material tenga un impacto ambiental menor en cualquier contexto. Habría que evaluar el consumo energético de la fermentación, el medio de cultivo, la esterilización, el secado, el glicerol, el transporte y la contención biológica.

El contexto es relevante. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el sector textil representa entre el 2 % y el 8 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y genera unos 92 millones de toneladas de residuos textiles cada año. Ningún biomaterial resolverá por sí solo la sobreproducción y el consumo acelerado de la moda rápida.

El avance está en mantener activo el metabolismo

La principal aportación del estudio no es el vestido experimental, sino demostrar que el metabolismo del hongo puede seguir funcionando después de formar un objeto macroscópico.

En los materiales convencionales, la fabricación termina cuando el producto sale de la planta. En un material vivo, el proceso puede continuar: la superficie puede crecer, responder a nutrientes y recuperar ciertas funciones bajo condiciones controladas.

A corto plazo, la plataforma parece más apropiada para empaques biodegradables, textiles artísticos, escenografías, exhibiciones y productos temporales. A largo plazo, plantea una industria en la que los hongos no solo proporcionen biomasa, sino que cultiven directamente materiales capaces de responder al entorno.

Fuentes consultadas

La imagen destacada es ilustrativa y no corresponde al vestido experimental. La fotografía oficial del prototipo se solicitará al equipo de Chao Zhong y al Instituto de Tecnología Avanzada de Shenzhen.

Fuentes

Referencias consultadas para elaborar esta pieza editorial.

Imagen

Imagen ilustrativa de Cordyceps militaris; no corresponde al textil experimental del estudio. Recorte realizado por Setas de Siecha. Crédito: Holger Krisp — Wikimedia Commons · CC BY 3.0

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